Hasta que alguien les dijo sí

Publicado: 2012-05-17
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Por: Silvia Buendía

na Maríay Julia se conocieron hace seis años. Ana María tenía 19, Julia 28. Ambas estudiaban economía en la Universidad Estatal de Guayaquil. Un día las sacaron de clase –ya no recuerdan por qué razón- y Julia le pidió prestado un mensaje de texto a Ana María, quien para alardear,le dijo que tenía mensajes ilimitados. Desde ese día empezaron a verse, a salir. Todo fue dándose en forma natural, sin tropiezos ni dudas. El 23 de abril de 2006 empezaron su relación.
Esto lo cuenta Ana María -25 años, delgada, un metro cincuenta de estatura, piel clara, ojos café redondos, boca rosada en forma de corazón. El pelo es negro y lacio peinado en una cola de caballo- porque Julia es tímida. Julia permanece callada y la escucha como si la historia también fuera nueva para ella. Sobre su pecho duerme su hija Juliana de dos meses. Está abrigada y solo se le ve una mata de pelo negro y una diminuta  cara rosada de cachetes redondos y boca de botón.
La mamá de Ana María aceptó la relación de ellas hace cuatro años. “Cuando mi mamá la trató, empezó a quererla”. Julia sonríe, la boca gruesa y ancha, risa de grandes dientes cuadrados, ojos negros, pequeños, cejas marcadas. Sus párpados están ligeramente hinchados como su cuerpo, pues hace poco dio a luz. Su piel es canela y tiene pecas más oscuras en su nariz y mejillas. Lleva el pelo suelto, crespo y algo despeinado sobre los hombros.
Con el papá de Ana María tomó más tiempo, él recién aceptóla situación el año pasado. Antes de eso, no quería ni que se le mencionara a Julia. Los padres de Julia son una pareja que pasan de los ochenta años, conservadores y devotos evangélicos. Saben de la relación de las chicas, pero prefieren hacer de cuenta que son sólo amigas. Están en negación, dice Ana María.


JULIANA
Desde hace tres años ellas viven como pareja en una casa de la urbanización Villa Club. A Ana María jamás le han gustado las tareas del hogar. Ella trabaja todo el día y es Julia quien se encarga de lavar, planchar, arreglar, cocinar. Según Julia, Ana María es una descarada. Cuando cumplieron cinco años de relación decidieron que querían ser madres y que Julia se practicaría una inseminación. Por su edad ameritaba que fuese ya y no después.
El médico les informó de los procesos que se deberían seguir. Cuando tenían que decidir sobre el donante ambas sabían que no sería un desconocido.
Era Germán-treinta años, alto, grueso, el pelo empieza a escasear en su cabeza, primo de Ana María e íntimo de la pareja- era además el enamorado de Marcela, la mejor amiga de Ana María. Germán dijo "yo las quiero demasiado y para mí es un honor que me pidan algo tan importante". Se hizo los exámenes, Julia también. La muestra de semen era perfecta. La ovulación de Julia se presentó puntual. El 21 de junio del 2011. Un mes después la prueba de embarazo dio positivo.
Fueron juntas a cada consulta médica. Juntas vieron los primeros movimientos del bebé en los ecosonogramas. Lloraron cuando supieron que era niña.
El embarazo de Julia se complicóa los siete meses. La niña nació a los ocho meses, el 8 de febrero a las 23:55. Cuando Ana María llevó a Julia a dar a luz al Pensionado de la Maternidad Enrique Sotomayor, ella declaró ser la conviviente de Julia. Le dijeron que solo el padre del bebé podía estar con la parturienta. No le permitieron entrar a la sala de parto,  tampoco le dejaron hablar con Julia.
La bebé recibió cuatro días cuidados especiales en una termocuna Ana María no pudo verla. Los médicos y enfermeras tampoco le daban a Ana María noticias sobre la niña. Ella les pidió a sus amigos que se hicieran pasar por familiares de Julia. A ellos sí los dejaban pasar. A través de ellos Ana María tenía noticias sobre su hija.
“Era de una crueldad muy calculada, muy estudiada, la forma cómo las enfermeras e internos veían mi desesperación, mis lágrimas, y me negaban información sobre mi bebé,” - cuenta Ana María. “Yo les decía que la niña era mi hija, que era la novia de Julia, ellos me respondían que yo no era nadie”. Este incidente hizo que Julia y Ana María decidieran obtener el acta notarial de unión de hecho.
Dos compañeras de trabajo de Ana María le contaron que era fácil, rápido y barato. Pero cuando Ana María empezó a llamar a las notarías sólo recibió negativas. Todo iba bien hasta que al otro lado del teléfono se enteraban que las contrayentes eran dos mujeres. En ese momento decían que no lo hacían. Entonces Ana María me contactó, así las conocí. Con la misma lista de notarías de Guayaquil que Ana María obtuvo del internet empiezo a visitar las notarías, una por una. A ver qué me dicen.


EL QUE ESPERA DESESPERA
La Notaría 16 queda en el cuarto piso de un edificio situado en la calle Córdova 1013, entre 9 de Octubre y P. Ycaza, al  lado de Pasteles y Cía. Es una oficina de dos salas de seis metros cuadrados cada una separadas por unmueble curvo donde atiende Pilar Pilliza, recepcionista de piel canela, pelo negro y ondulado partido en raya en medio y sujetado con dos vinchas a los lados. Cuando me acerco al escritorio de Pilar ella conversa con un señor de unos setenta años que habla alto y mueve los brazos. En la pared de la recepción, encima de la cabeza de Pilar, está un reloj en cuya luna aparece en letras cursivas Jenny Oyague Beltrán y la imagen de la justicia: una mujer vestida con túnica suelta, los ojos vendados, en su mano derecha sostiene una espada y en la izquierda una balanza. Debajo de la balanza, casi imperceptible, está el sello del Colegio de Abogados del Guayas. El reloj marca las tres de la tarde. Espero a que Pilar termine de hablar con el señor que atiende y le pregunto por los requisitos para uniones de hecho. Recita de corrido que necesito copia de cédula de identidad, certificado de votación, nombre de los contrayentes, demora más o menos media hora. Le cuento que las contrayentes son dos mujeres, ¿declaran uniones de hecho de personas del mismo sexo?
Pilar arruga la cara en una mueca como si le hubiera cogido la corriente, luego relaja la expresión y ríe. Dice que no hacen eso. Le pregunto por qué. Contesta que nunca lo han hecho. Le digo que está en la Constitución. Dice que tengo que hablar con la notaria. Que ella se fue a una diligencia, que la espere. Me siento en la sala de la derecha, en un largo sillón de cuero negro. Sobre el sillón cuelgan dos reproducciones de Van Gogh: Un campo de trigo con cipreses yunos jornaleros bajando una colina.
De vez en cuando sale a la recepción una funcionaria de la notaria. Es alta, gruesa, de unos cincuenta años, rubia con el pelo peinado en un moño. Habla con los clientes sobre sus trámites, ellos la llaman abogada. Luego de quince minutos me levanto y le pregunto a Pilar si la abogada que habla con los usuarios me puede atender. Me dice que le va a preguntar y me pide que espere.
Me vuelvo a sentar. La sala se ha ido llenando. La mayoría estamos sentados, tranquilos. Sólo el señor que estaba hablaba en larecepción cuando llegué camina de un lado al otro y repite a media voz "el que espera desespera." Frente a mí hay una mesita de vidrio. Encima tiene un florero de cristal con lirios blancos de seda, una vela verde como las que se usan como adorno navideño y un ejemplar del diario gratuito Metro. Lo agarro y me pongo a leer
La asesora sale un par de veces más, me mira de lejos, la miro; pero no me dice nada. Habla con otra gente. Me levanto y le pregunto si me puede atender, me dice que no, que espere. Sale Pilar a la recepción, le digo que seguro hay por allí algún otro abogado con quien pueda hablar. Pilar dice que va a ver. Diez minutos después sale y me dice que el doctor va a conversar conmigo. Me hace pasar por un corredor que está en el extremo derecho de las salas y que recién noto cuando ella me lo señala. El corredor lleva a una serie de oficinas, Pilar me espera del otro lado y me indica una puerta. Cuando entro me encuentro con Patricio Dávila, ex  policía, ex diputado socialcristiano.
Dávila se levanta cuando entro, es alto, viste una camisa blanca, su cara es delgada de rasgos afilados. Me pregunta en qué me puede ayudar. Le cuento que necesito declarar una unión de hecho, que Pilar me dijo que no verifican uniones de dos mujeres. Dávila me informa que no lo hacen porque nunca nadie se los ha pedido. Que no saben cómo se hace. Le digo que se hace exactamente como cualquier otra unión de hecho, que así lo determina el artículo 68 de la Constitución. Me asegura que él no tendría ningún inconveniente en hacerla, pero que no es funcionario de la notaria, es el marido de la notaria y sólo hace oficina allí. Él le va a consultar a la notaria. Quedamos en que yo lo llamaría al día siguiente para saber qué contestó la notaria. Llamo todos los días a preguntar, hasta el día de hoy no me dan respuesta.


UN DIVINO NIÑO Y UN PAPÁ NOEL
La Notaría Quinta está en el séptimo piso del edificio Gran Pasaje, en la avenida 9 de Octubre 424. La oficina parece un tren: veinte metros de largo por cuatro de ancho, con tres escritorios situados en fila al lado izquierdo y cinco sillas arrimadas al lado derecho. Al fondo está una puerta de madera con ventana de vidrio que dice Notario. En la oficina solo está un señor de unos 75 años. Es Germán Reyes Condo, hermano del notario. Hombre de estatura mediana, cabeza redonda, pelo corto canoso, piel trigueña. Lleva una camisa clara manga corta y unos pantalones de vestir. Me dice que me siente y él a su vez se sienta en el primer escritorio y deposita en este las escrituras que carga en sus dos manos.
Las paredes de la oficina están cubiertasde cuadros con cubos de colores morados, verdes, naranjas y azules. Me siento en la silla más cercana al escritorio de Reyes Condo. En la pared frente a mí, en un pequeño espacio robado a los cuadros, está clavada una repisa rectangular de madera de unos 60 centímetros de largo. Sobre el centro de la repisa están una estatua del Divino Niño y un muñeco de plástico de Papá Noelmás pequeño con barba blanca de pelo de muñeca. Alrededor del Divino Niño y de Papá Noel están ubicados una serie de querubines de porcelana y un par de crucifijos de plástico.Todo está cubierto de polvo.
Le explico a Germán Reyes Condo que deseo declarar una unión de hecho. Dice que le traiga copia de las cédulas y certificados de votación de los contrayentes, los nombres de ellos y de sus hijos si los tienen. Cuesta noventa dólares, si vienen en la mañana estará listo en la tarde. Le informo que las contrayentes son dos mujeres. Impertérrito me manifiesta que entonces no lo hacen. Le cuento que el artículo 68 de la Constitución establece que puede haber unión de hecho entre personas del mismo sexo. Me dice que sí, pero que no está establecido ese trámite en la Ley Notarial, que hasta que no reformen esa ley allí no se harán esa clase de uniones de hecho. Le señalo que el art. 426 de la Constitución establece expresamente que no se podrá alegar falta de ley para justificar el no cumplir con la Constitución. Me informa que él es Notario y que se rige por la Ley Notarial.Le recuerdo que esa Notaría es de Cesario Condo, y le pregunto si puedo hablar con él. Me asegura que el Notario no está, pero que me diría lo mismo. Hace unos días llamó una señorita para pedir ese mismo trámite y su hermano el Notario habló con ella y le dijo que no lo hacían.


SUSPENDIDAS LAS AYUDAS ECONÓMICAS
La Notaría 17 de Nelson Cañarte Arboleda queda en Baquerizo Moreno 1119 y avenida 9 de Octubre, cuarto piso. La oficina es angosta y alargada. Cinco metros de ancho por unos quince metros de largo que terminan en tres archivadores de madera en la pared del fondo. La pared de la derecha está pintada de un rugoso amarillo que al tacto se siente como pequeñas pelotas de altorrelieve. El resto de paredes están forradas de duelas de madera.En lo alto de esas paredes cuelgan guirnaldas con focos navideños que están apagados. Frente a la entrada está el escritorio de la asistente del Notario, Jésica Moreano. Tiene el pelo rojizo hasta los hombros, ojos verde botella. El resto del espacio está ocupado por sillas, escritorios y archivadores que forman un laberinto de pasillos por los que se circula con dificultad.A la izquierda del escritorio de Jéssica está una puerta de madera con ventana de vidrio. En la ventana está pegado un cartel en el que se lee: "Suspendidas lasayudas económicas".
Espero que Jéssica termine de hablar con las personas que están antes que yo y cuando llega mi turno le pregunto los requisitos para uniones de hecho. Me dice que copias de cédula y certificado de votación de los contrayentes, nombres de ellos y de sus hijos si los tuvieren, ¿Testigos? No, testigos no. Cuesta sesenta dólares y sale en 24 horas. Le pregunto si tiene algún problema si los contrayentes son personas del mismo sexo. Jessica abre la boca y los ojos al mismo tiempo, luego cierra la boca y enmudece unos segundos. Cuando habla me dice que no sabe, que nunca han hecho. Tengo que hablar con el notario, pero está ocupado en este momento. Me acomodo en el sillón de cuerina atigrado que está de la izquierda. Es tan bajo y mullido que casi me traga al sentarme. Espero cincuenta minutos. La puerta del notario no se abre, pero se escuchan conversaciones en su oficina.Le pregunto a Jessica si puedo llamarla por teléfono para consultarle más tarde o mañana. Me dice que sí, me da su tarjeta y me voy. La llamo al día siguiente, pero me informa que no ha visto al notario aún. La llamo de nuevo hoy, pero me confiesa que se olvidó de peguntarle.


EL NOTARIO CRONISTA
Notaría 16 está en la misma Baquerizo Moreno 910 entre Víctor Manuel Rendón y Junín. Segundo piso. La oficina es en forma de L. Se ingresa por un corredor que lleva a una sala de unos diez metros cuadrados donde están los escritorios. Es una especie de corral. Está cercada por una pared blanca de un metro noventa con un boquete por donde se ingresa.En la sala hay mucho ruido, no escucho el nombre del joven que me atiende. Casi no me mira, tiene un cerro de escrituras frente a él. Le cuento que deseo declarar una uniónde hecho. Me recita rápidamente los requisitos, son los mismos de siempre, no se necesita testigos, cuesta 15 dólares. Cuando le pregunto si hacen uniones de hecho entre contrayentes del mismo sexo deja de leer sus papeles y me mira a los ojos por primera vez. Me dice que no, que no las hacen, que mejor hable con el Notario.
Rodolfo Pérez Pimentel es el Notario 16 y también el “Cronista Vitalicio de la ciudad de Guayaquil”. Su escritorio está al lado derecho del corral. Es el primer Notario que con el que puedo conversar. Está ocupado firmando actas, pero dispuesto a darme unos minutos de su tiempo, viste guayabera blanca, de gestos parsimoniosos, pelo corto negro con pocas canas y lentes cuadrados de marco oscuro y voluminoso. Detrás de él hay una estantería llena de libros. No levanta su mirada de los papeles que firma, pero pronuncia un saludo y me indica un asiento. Le cuento lo que me trae hasta allí: una unión de hecho de dos mujeres. Permanece unos segundos callado. Sigue firmando. Luego, como si hablara consigo mismo, asiente y dice: “Yo sí las hago, sí las hago”. No me mira. “Igual nadie le va a inscribir esa unión de hecho”, continúa. Le explico que el Registro Civil, inscribe estas uniones desde el año 2008. De nuevo me dice que sí me la hace, pero que las chicas deben por lo menos estar viviendo dos años en Ecuador. "Son extranjeras, ¿verdad?" Le cuento que son ecuatorianas, nacidas en Guayaquil. El Notario deja de firmar y me mira. Dice que seguramente por vergüenza las chicasno querrán venir a firmar a la Notaría. Le cuento que ellas están orgullosas de declarar su unión de hecho. Dice que bueno, que él no tiene problema. Les doy la noticia a Ana María y a Julia, pero ellas no desean declarar su unión de hecho ante el Notario 16 porque inicialmente les dijo que no y por esta sugerencia sobre la vergüenza que ellas podrían sentir.


CUESTIÓN DE PRINCIPIOS
La Notaría 27 está en Rumichaca y 9 de Octubre. De frente está el pequeño escritorio de madera de Andrea Molina, recepcionista. Detrás del escritorio un enorme cuadro con un mapa de París, enmarcado en dorado, ocupa casi todo la pared.  Los muros están pintados de lila. En la sala de seis por seis metros cuadrados están situadas diez sillas. Ocho son rígidas, de madera, como del comedor de una casa. Las otras dos son de madera de bambú, curvas y con almohadones tapizados en tela café. En el centro hay una mesa de bambú redonda con vidrio encima, decenas de revistas se apilan sobre la mesa. En el resto de las paredes cuelgan enmarcados afiches del Museo Cognacq-Jay de París. Me siento a esperar que Andrea termine de hablar con unas personas. A mi izquierda, en la esquina, un macetero de cemento pintado de blanco no tiene ninguna planta.
Espero más de media hora hasta que Andrea –joven, cara completamente lavada, pelo castaño largo, blusa roja- finalmente me atiende. Le pregunto por los requisitos para uniones de hecho. Andrea sonríe, me dice que podía haber llamado por teléfono a preguntar eso. Igual me dice los requisitos. La novedad es que en la Notaria de Katya Murrieta sí se necesita llevar dos testigos para hacer este trámite que cuesta $81.76. Le pregunto si declaran uniones de hecho de personas del mismo sexo. Me dice que no, que ya han preguntado, pero que la Notaria dice que a pesar de que eso está en la ley, eso va contra sus principios. Le pregunto si puedo hablar con la notaria, me dice que no, que está de viaje.

 

AL FIN ALGUIEN LES DICE QUE SÍ
Al día siguiente reviso la lista que me dio Ana María y empiezo a llamar a las notarías restantes. Una por una. De las 30 que llamo, 23 me informan que no declaran uniones de hecho entre personas del mismo sexo. 
Seis notarías a las que llamo me dicen que sí pueden hacer la unión de hecho de las chicas. Su explicación es sencilla: la unión de hecho entre personas del mismo sexo está establecida en la Constitución del 2008.
Mi vigésima llamada es a la Notaría 38 de Guayaquil, me contesta Elenita, asistente del notario. Me asegura que no tienen ningún problema en hacer unión de hecho a Julia y Ana María. Los requisitos son los mismos. El trámite está en ese mismo día.
Humberto Moya, Notario 38 del cantón Guayaquil, declara la unión de hecho de Julia y Ana María. Hasta les hace una pequeña ceremonia. Ellas llevan como testigos a Germán y a Marcela. Finalmente tienen el documento que las reconoce como pareja según la Constitución de la República del Ecuador.
Julia y Ana María están felices, pero no se olvidan de cuantas puertas se les cerraron para este trámite que se supone debe ser acatado por todas las notarías.
Imparable, Ana María, sigue contando sus planes, sus sueños, su vida con Julia y la bebé. Julia casi no habla, sólo sonríe y asiente, su hija continúa dormida encima de su pecho y no quiere despertarla.
En el jardín de su casa están cultivando un césped donde Ana María y Julia ya se ven jugando con su hija. La casa tiene muebles cuencanos de madera tapizados en crema, un comedor con una mesa redonda con diez sillas, porque las chicas quieren que la familia las venga a visitar. Encima del aparador cuelga un bodegón de frutas en un plato. Es una casa sencilla con un solo cuadro, ninguna alfombra y pocos muebles. Un hacha medieval que cuelga en una pared en la sala. Vieron esta arma en un anticuario y les gustó como adorno.
Julia era asistente contable en una empresa, pero desde que salió embarazada se quedó en casa. La familia la completa el perro Tito, un bóxer dócil y cariñoso. Ana María quiere que la niña ya sea mayor para comprarle un chihuahua. Para ese momento piensan tener una casa más grande, pues en unos años, será Ana María quien salga encinta y le dé un hermano o hermana a Juliana.
“Mi hija es mi mundo, mi empuje, mi fortaleza para cada día, Julia mi compañera de vida, mis ganas de seguir. Son mis amores”- dice Ana María. Ella y Julia están planeando: inscribir a Juliana como hija de sus dos.
El día que declararon su unión de hecho Ana María le entregó un anillo de matrimonio a Julia, ella también tiene el suyo. Para ellas esos anillos no solo son símbolo de su unión, sino también de su triunfo contra la adversidad. Saben que lo que se les viene ahora no será fácil, pero están acostumbradas a luchar.

SILVIA BUENDÍA

  • SU TRAYECTORIA: Guayaquileña, abogada, asesora legal, lectora voraz y analista. Mantuvo en Diario El Telégrafo una columna de opinión y es parte del ‘staff’ del programa ‘Así somos’, en Ecuavisa.
  • SU EXPERIENCIA EN EL TALLER DEL NUEVO PERIODISMO: Chuta, las experiencias están tan bien escritas como las crónicas. Hasta me da pudor poner mis comentarios. Bueno, allá voy. Cuando ingresé al taller lo hice porque estaba consciente de que para escribir crónica periodística hay que saber hacerlo. Hay que aprender. Como a mí siempre me ha gustado escribir, pensaba que llevaba cierta ventaja. Nunca imaginé cuán poco sabía y cuánto podía aprender en unos días de taller. Estaba acostumbrada a leer descripciones, pero no a generarlas. Me ha costado, el curso es duro, te sacan bastante la madre; pero ha sido como aprender un nuevo idioma. Estoy feliz.

 

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    Publicado: 2012-09-02  |   Por: Gabriela Muñoz  
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